EEP N° 1002 - 6to. Grado "A"
La tortuga gigante

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires
y estaba muy contento porque era un hombre sano
y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos
le dijeron que solamente yéndose al campo podría
curarse. Él no quería ir porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un
amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:
—Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador.
Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho
ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha
puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme
los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.
El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos,
más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso
le hacía bien.
Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después
comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal
tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de
palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en
medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.
Había hecho un atado con los cueros de los animales, y los
llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque
allá hay mates tan grandes como una lata de querosene. El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que tenía mucha hambre, porque
hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran
laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la
ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la
carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido
espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador que
tenía una gran puntería le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo
podría servir de alfombra para un cuarto.
—Ahora —se dijo el hombre— voy a comer tortuga, que es una
carne muy rica.
Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida,
y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba
casi de dos o tres hilos de carne.
A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la
pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su
ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de
su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era
inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.
La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días
sin moverse.
El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.
La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se
enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo.
Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta,
aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.
—Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me dé agua, siquiera. Voy a
morir aquí de hambre y de sed.
Y al poco rato la fiebre subió más aun, y perdió el conocimiento.
Pero la tortuga lo había oído y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:
—El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha
hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora.
Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de
agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su
manta y se moría de sed. Se puso a buscar en seguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera.
El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida,
porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.
Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre y sentía no poder
subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento, miró a todos lados, y
vio que estaba solo pues allí no había más que él y la tortuga;
que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:
—Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy
a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios
para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.
Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte
que antes, y perdió de nuevo el conocimiento.
Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
—Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay re
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medios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.
Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como
piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su
lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los
cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería,
sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.
La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de
noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una le
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gua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de
ocho o diez horas de caminar se detenía y deshacía los nudos
y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar donde
hubiera pasto bien seco.
Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada
que prefería dormir.
A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba:
¡agua!, ¡agua! a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle
de beber.
Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban
más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga
se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella
no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin
fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y
decía, en voz alta:
—Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos
Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte.
El creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba
cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y empren
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día de nuevo el camino.
Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no
pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía
más. No había comido desde hacía una semana para llegar
más pronto. No tenía más fuerza para nada.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba todo el cielo, y no supo
qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza
que no había podido salvar al hombre que había sido
bueno con ella.
Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella
no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era
el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando
estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el
ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros
moribundos.
— ¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el
lomo, que es? ¿Es leña?
—No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es
un hombre.
—¿Y dónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.
—Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la
pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía—.
Pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré...
—¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una
tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz
que ves allá es Buenos Aires.
Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque
aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.
Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín
Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente
flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas,
para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo.
El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a
buscar remedios, con los que el cazador se curó en seguida.
Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga,
cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios no quiso separarse más de ella. Y como él no
podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del
Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla
como si fuera su propia hija.
Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le
tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga
que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las
jaulas de los monos.
El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos
a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella
no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de
cariño en el lomo.