"Cuentos de la selva " de Horacio Quiroga
| Sitio: | 'ELE' Plataforma Educativa Chaqueña |
| Área temática: | EEP N° 1002 - 6to. Grado "A" |
| Libro: | "Cuentos de la selva " de Horacio Quiroga |
| Imprimido por: | Invitado |
| Día: | jueves, 5 de marzo de 2026, 02:37 |
Descripción
Este libro contiene 4 cuentos referidos a animales de la selva y su interacción con los humanos. :-D
Prólogo
Cuentos de la selva de Horacio Quiroga ha sido y es para generaciones de niños y niñas la puerta de entrada a la inconmensurable naturaleza misionera, pero por sobre todo, a una forma de interpretarla y, así, interpelarnos a nosotros mismos. Horacio Silvestre (ese era su premonitorio segundo nombre) Quiroga pintó con letras los paisajes verdes y colorados de Misiones y le dio la palabra a su fauna para apropiarse de un mundo y hacer aflorar las emociones y pasiones humanas más básicas y profundas. A través de estos ocho cuentos, recorremos esa naturaleza preguntándonos por su relación con el hombre, experimentando el peligro, el conflicto de intereses, la brutalidad y la ternura, con pinceladas de humor. A 100 años de su primera publicación, el Ministerio de Educación de la Nación ha querido rendirle homenaje a un clásico de nuestra literatura. Volver a leer cada uno de sus cuentos, con ilustraciones que potencian la acción y la belleza silvestre, no solo actualiza el clásico, sino que impulsa la conversación sobre el mundo y sus pequeños y grandes dilemas. Esas conversaciones que solo los clásicos logran instalar. Habitar los cuentos de Quiroga quizás sea uno de los mejores puntos de encuentro de la escuela primaria transitada por argentinos y uruguayos. Cuando hablamos de la escuela que nos hizo argentinos, debemos a los libros de Quiroga la identificación por primera vez como connacionales. Hay libros así, que nos permiten ver que más allá de las fronteras, los hombres y las mujeres, los grandes y los chicos habitamos un mismo mundo, aunque tenga paisajes y formas diferentes. Y que pueden ser un lazo entre generaciones. Cuentos de la selva nos recuerda que la literatura es una forma de conocimiento, una experiencia sensorial y emotiva que nos nutre de un modo único y distintivo. Si leer es como viajar, seguramente este libro es uno de aquellos que marcan rumbo. Allí está la escuela para señalar a nuestros niños esa puerta de entrada.
Alejandro Finocchiaro
Ministro de Educación de la Nación
La tortuga gigante

Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires
y estaba muy contento porque era un hombre sano
y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos
le dijeron que solamente yéndose al campo podría
curarse. Él no quería ir porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un
amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día:
—Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador.
Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho
ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha
puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme
los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien.
El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos,
más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso
le hacía bien.
Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después
comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal
tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de
palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en
medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia.
Había hecho un atado con los cueros de los animales, y los
llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque
allá hay mates tan grandes como una lata de querosene. El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que tenía mucha hambre, porque
hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una gran
laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la
ponía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la
carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido
espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador que
tenía una gran puntería le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo
podría servir de alfombra para un cuarto.
—Ahora —se dijo el hombre— voy a comer tortuga, que es una
carne muy rica.
Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida,
y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba
casi de dos o tres hilos de carne.
A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la
pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su
ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de
su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era
inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre.
La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días
sin moverse.
El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo.
La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se
enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo.
Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta,
aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre.
—Voy a morir —dijo el hombre—. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quién me dé agua, siquiera. Voy a
morir aquí de hambre y de sed.
Y al poco rato la fiebre subió más aun, y perdió el conocimiento.
Pero la tortuga lo había oído y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces:
—El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha
hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora.
Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de
agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su
manta y se moría de sed. Se puso a buscar en seguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera.
El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida,
porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.
Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre y sentía no poder
subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento, miró a todos lados, y
vio que estaba solo pues allí no había más que él y la tortuga;
que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:
—Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy
a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios
para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí.
Y como él lo había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte
que antes, y perdió de nuevo el conocimiento.
Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo:
—Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay re
-
medios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.
Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como
piolas, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su
lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los
cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería,
sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje.
La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de
noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una le
-
gua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de
ocho o diez horas de caminar se detenía y deshacía los nudos
y acostaba al hombre con mucho cuidado en un lugar donde
hubiera pasto bien seco.
Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada
que prefería dormir.
A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba:
¡agua!, ¡agua! a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle
de beber.
Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban
más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga
se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella
no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin
fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y
decía, en voz alta:
—Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos
Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte.
El creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba
cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y empren
-
día de nuevo el camino.
Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no
pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía
más. No había comido desde hacía una semana para llegar
más pronto. No tenía más fuerza para nada.
Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba todo el cielo, y no supo
qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza
que no había podido salvar al hombre que había sido
bueno con ella.
Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella
no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era
el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando
estaba ya al fin de su heroico viaje.
Pero un ratón de la ciudad —posiblemente el
ratoncito Pérez— encontró a los dos viajeros
moribundos.
— ¡Qué tortuga! —dijo el ratón—. Nunca he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el
lomo, que es? ¿Es leña?
—No —le respondió con tristeza la tortuga—. Es
un hombre.
—¿Y dónde vas con ese hombre? —añadió el curioso ratón.
—Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires —respondió la
pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía—.
Pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré...
—¡Ah, zonza, zonza! —dijo riendo el ratoncito—. ¡Nunca vi una
tortuga más zonza! ¡Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz
que ves allá es Buenos Aires.
Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque
aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha.
Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín
Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente
flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas,
para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo.
El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendo a
buscar remedios, con los que el cazador se curó en seguida.
Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga,
cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios no quiso separarse más de ella. Y como él no
podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del
Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla
como si fuera su propia hija.
Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le
tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga
que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las
jaulas de los monos.
El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce desde lejos
a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella
no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de
cariño en el lomo.
Las medias de los flamencos

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las
ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los
pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron
bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados
estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.
Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos.
Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el
cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada
vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados
les gritaban haciéndoles burla.
Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban
en dos pies. Además, cada una llevaba colgada como un farolito una luciérnaga que se balanceaba.
Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas,
sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una
pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul
gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así
es el color de las yararás.
Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral, que
estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas. Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los
invitados aplaudían como locos.
Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y
tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo
los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca
inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el
traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada
vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando
y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se
morían de envidia.
Un flamenco dijo entonces:
—Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias colo
-
radas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.
Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a
golpear en un almacén del pueblo.
—¡Tan-tan! —pegaron con las patas.
—¿Quién es? —respondió el almacenero.
—Somos los flamencos. ¿Tienes medias coloradas, blancas
y negras?
—No, no hay —contestó el almacenero—. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así.
Los flamencos fueron entonces a otro almacén.
—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?
El almacenero contestó:
—¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias
así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿Quiénes son?
—Somos los flamencos —respondieron ellos.
Y el hombre dijo:
—Entonces son, con seguridad, flamencos locos.
Fueron a otro almacén.
—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?
El almacenero gritó:
—¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a
pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias
así. ¡Váyanse enseguida!
Y el hombre los echó con la escoba.
Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas
partes los echaban por locos.
Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río, se quiso
burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:
—¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes bus
-
can. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y
ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras.
Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la
cueva de la lechuza. Y le dijeron:
—¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras,
y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a
enamorar de nosotros.
—¡Con mucho gusto! —respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo enseguida.
Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al
rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino
cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién
sacados a las víboras que la lechuza había cazado.
—Aquí están las medias —les dijo la lechuza—. No
se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen
toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen
de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de
bailar van entonces a llorar.
Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en
eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las
víboras de coral, como medias, metiendo las patas
dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy
contentos se fueron volando al baile.
Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras
querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas,
las víboras no podían ver bien de que estaban hechas
aquellas preciosas medias.
Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban
bailando al lado de ella se agachaban hasta el suelo
para ver bien.
Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de las víboras
es como la mano de las personas. Pero los flamencos
bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.
Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron
enseguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos
de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos
se cayeran de cansados.
Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que
ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré,
se tambaleó y cayó de costado. Enseguida las víboras
de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron
bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la
otra orilla del Paraná.
—¡No son medias! —gritaron las víboras—. ¡Sabemos lo
que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado
a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como
medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral!
Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces
las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscos las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas,
y les mordían también las patas, para que murieran.
Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro,
sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas.
Hasta que, al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de
media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose
las gasas de sus trajes de baile.
Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las
víboras de coral que los habían mordido eran venenosas.
Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua,
sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor, y sus patas,
que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno
de las víboras. Pasaron días y días y siempre sentían terrible
ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre,
porque estaban envenenadas.
Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el
agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.
A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por tierra,
para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven
enseguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que
sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.
Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas
blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben
por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras
se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiendo a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos.
El loro pelado

Había una vez una banda de loros que vivía en el monte.
De mañana temprano iban a comer choclos a la
chacra, y de tarde comían naranjas. Hacían gran
barullo con sus gritos, y tenían siempre un loro de
centinela en los árboles más altos, para ver si venía alguien.
Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren los
choclos para picotearlos, los cuales, después, se pudren con la
lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son ricos para comer
guisados, los peones los cazaban a tiros.
Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el que
cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse agarrar. El
peón lo llevó a la casa, para los hijos del patrón, los chicos lo
curaron porque no tenía más que un ala rota. El loro se curó
muy bien, y se amansó completamente. Se llamaba Pedrito.
Aprendió a dar la pata; le gustaba estar en el hombro de las
personas y con el pico les hacía cosquillas en la oreja.
Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las gallinas.
A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también en el comedor,
y se subía con el pico y las patas por el mantel, a comer pan
mojado en leche. Tenía locura por el té con leche.
Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían
las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía: “¡Buen día,
lorito!...” “¡Rica la papa!...” “¡Papa para Pedrito!...”. Decía otras cosas más que no se pueden decir, porque los loros, como los
chicos, aprenden con gran facilidad malas palabras.
Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí mismo
una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se componía, volaba entonces gritando como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser libre,
como lo desean todos los pájaros, tenía también, como las personas ricas, su five o’clock tea
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.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una tarde
de lluvia salió por fin el sol después de cinco días de temporal,
y Pedrito se puso a volar gritando:
—“¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica papa!... ¡La pata, Pedrito!...”
—y volaba lejos, hasta que vio debajo de él, muy abajo, el río
Paraná, que parecía una lejana y ancha cinta blanca. Y siguió,
siguió, siguió volando, hasta que se asentó por fin en un árbol
a descansar.
Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través de las
ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.
—¿Qué será? —se dijo el loro—. “¡Rica papa!...” ¿Qué será eso?...
“¡Buen día, Pedrito!...”.
El loro hablaba siempre así, como todos los loros, mezclando
las palabras sin ton ni son, y a veces costaba entenderlo. Y
como era muy curioso, fue bajando de rama en rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces verdes eran los
ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo fijamente.
Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no tuvo
ningún miedo.
—¡Buen día, tigre! —le dijo—. “¡La pata, Pedrito!...”.
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene le respondió:
—¡Bu-en-día!
—¡Buen día, tigre! —repitió el loro—. “¡Rica papa!... ¡rica
papa!... ¡rica papa!...”.
Y decía tantas veces “¡rica papa!” porque ya eran las cuatro
de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar té con leche. El
loro se había olvidado de que los bichos del monte no toman
té con leche, y por esto lo convidó al tigre.
—¡Rico té con leche! —le dijo—. “¡Buen día, Pedrito!...” ¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?
Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se reía
de él y, además, como tenía a su vez hambre se quiso comer al
pájaro hablador. Así que le contestó:
—¡Bue-no! ¡Acércate un poco que soy sordo!
El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se acercara
mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no pensaba
sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico amigo. Y voló
hasta otra rama más cerca del suelo.
—¡Rica papa, en casa! —repitió, gritando cuanto podía.
—¡Más cerca! ¡No oigo! —respondió el tigre con su voz ronca.
El loro se acercó un poco más y dijo:
—¡Rico té con leche!
—¡Más cerca toda-vía! —repitió el tigre.
El pobre loro se acercó aún más, y en ese momento el tigre dio
un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo, pero le arrancó
todas las plumas del lomo y la cola entera. No le quedó una
sola pluma en la cola.
—¡Tomá! —rugió el tigre—. Andá a tomar té con leche...
El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero
no podía volar bien, porque le faltaba la cola que es como el
timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de un lado
para otro, y todos los pájaros que lo encontraban se alejaban
asustados de aquel bicho raro.
Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue mirarse
en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el pájaro más
raro y más feo que puede darse, todo pelado, todo rabón y
temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse en el comedor;
con esa figura? Voló entonces hasta el hueco que había en el
tronco de un eucalipto y que era como una cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de vergüenza.
Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su ausencia:
—¿Dónde estará Pedrito? —decían. Y llamaban: —¡Pedrito!
¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!
Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada,
mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no
apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había muerto,
y los chicos se echaron a llorar.
Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre del
loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían porque había muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza
de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y
subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre muy
triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.
Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a la
mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos se querían
morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo y con lindísimas plumas.
—¡Pedrito, lorito! —le decían—. ¡Qué te pasó, Pedrito! ¡Qué
plumas brillantes que tiene el lorito!
Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy serio,
no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una sola palabra.
Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la
mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su hombro,
charlando como un loco. En dos minutos le contó lo que había
pasado: Un paseo al Paraguay, su encuentro con el tigre, y lo
demás; y concluía cada cuento cantando:
—¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni
una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a comprar una piel de tigre que le hacía falta para la estufa, quedó
muy contento de poderla tener gratis. Y volviendo a entrar en
la casa para tomar la escopeta, emprendió junto con Pedrito el
viaje al Paraguay. Convinieron en que cuando Pedrito viera al tigre, lo distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse despacito con la escopeta.
Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol,
charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados,
para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de ramas
partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces verdes
fijas en él: eran los ojos del tigre.
Entonces el loro se puso a gritar:
—¡Lindo día!... ¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!... ¿Querés té
con leche?...
El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que él
creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas plumas,
juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos brotaron dos
rayos de ira cuando respondió con su voz ronca:
—¡Acercate más! ¡Soy sor-do!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:
—¡Rico, pan con leche! ... ¡ESTÁ AL PIE DE ESTE ÁRBOL!...
Al oír estas últimas palabras, el tigre, lanzó un rugido y se levantó de un salto.
—¿Con quién estás hablando? —bramó—. ¿A quién le has dicho que estoy al pie de este árbol?
—¡A nadie, a nadie! —gritó el loro—. “¡Buen día, Pedrito! ... ¡La
pata, lorito!... ”.
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose. Pero él había dicho: está al pie de este árbol para avisarle
al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con la escopeta al hombro.
Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más,
porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
—“¡Rica papa!... ” ¡ATENCIÓN!
—¡Más cerca aun! —rugió el tigre, agachándose para saltar.
—¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO VA A SALTAR!
Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el loro
evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en el aire.
Pero también en ese mismo instante el hombre, que tenía el
cañón de la escopeta recostado contra un tronco para hacer
bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve balines del tamaño
de un garbanzo cada uno entraron como un rayo en el corazón del tigre, que lanzando un bramido que hizo temblar el
monte entero, cayó muerto.
Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco de contento, porque se había vengado —¡y bien vengado!— del feísimo animal que le había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a un tigre
es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la estufa del comedor.
Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol y todos lo
felicitaron por la hazaña que había hecho.
Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las tardes, cuando
entraba en el comedor para tomar el té se acercaba siempre
a la piel del tigre, tendida delante de la estufa, y lo invitaba a
tomar té con leche.
—¡Rica papa!... —le decía—. ¿Querés té con leche? ¡La papa
para el tigre!...
Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.
La guerra de los yacarés

En un río muy grande, en un país desierto donde
nunca había estado el hombre, vivían muchos yacarés. Eran más de cien o más de mil. Comían pescados, bichos que iban a tomar agua al río, pero
sobre todo pescados. Dormían la siesta en la arena de la
orilla, y a veces jugaban sobre el agua cuando había noches
de luna.
Todos vivían muy tranquilos y contentos. Pero una tarde,
mientras dormían la siesta, un yacaré se despertó de golpe
y levantó la cabeza porque creía haber sentido ruido. Prestó
oídos y lejos, muy lejos, oyó efectivamente un ruido sordo y
profundo. Entonces llamó al yacaré que dormía a su lado.
—¡Despiértate! —le dijo—. Hay peligro.
—¿Qué cosa? —respondió el otro, alarmado.
—No sé —contestó el yacaré que se había despertado primero—. Siento un ruido desconocido.
El segundo yacaré oyó el ruido a su vez, y en un momento despertaron a los otros. Todos se asustaron y corrían de un lado
para otro con la cola levantada.
Y no era para menos su inquietud, porque el ruido crecía, crecía. Pronto vieron como una nubecita de humo a lo lejos, y
oyeron un ruido de chas-chas en el río como si golpearan el
agua muy lejos.
Los yacarés se miraban unos a otros: ¿qué podía ser aquello?
Pero un yacaré viejo y sabio, el más sabio y viejo de todos, un
viejo yacaré a quien no quedaban sino dos dientes sanos en los
costados de la boca, y que había hecho una vez un viaje hasta
el mar, dijo de repente:
—¡Yo sé lo que es! ¡Es una ballena! ¡Son grandes y echan agua
blanca por la nariz! El agua cae para atrás.
Al oír esto, los yacarés chiquitos comenzaron a gritar como
locos de miedo, zambullendo la cabeza. Y gritaban:
—¡Es una ballena! ¡Ahí viene la ballena!
Pero el viejo yacaré sacudió de la cola al yacarecito que tenía
más cerca.
—¡No tengan miedo! —les gritó—. ¡Yo sé lo que es la ballena!
¡Ella tiene miedo de nosotros! ¡Siempre tiene miedo!
Con lo cual los yacarés chicos se tranquilizaron. Pero en seguida volvieron a asustarse, porque el humo gris se cambió de
repente en humo negro, y todos sintieron bien fuerte ahora
el chas-chas-chas en el agua. Los yacarés, espantados, se hundieron en el río, dejando solamente fuera los ojos y la punta
de la nariz. Y así vieron pasar delante de ellos aquella cosa
inmensa, llena de humo y golpeando el agua, que era un vapor
de ruedas que navegaba por primera vez por aquel río.
El vapor pasó, se alejó y desapareció. Los yacarés entonces fueron saliendo del agua, muy enojados con el viejo yacaré, porque
los había engañado, diciéndoles que eso era una ballena.
—¡Eso no es una ballena! —le gritaron en las orejas, porque era
un poco sordo—. ¿Qué es eso que pasó?
El viejo yacaré les explicó entonces que era un vapor, lleno
de fuego, y que los yacarés se iban a morir todos si el buque
seguía pasando.
Pero los yacarés se echaron a reír, porque creyeron que el viejo se había vuelto loco. ¿Por qué se iban a morir ellos si el vapor seguía pasando? ¡Estaba bien loco, el pobre yacaré viejo!
Y como tenían hambre se pusieron a buscar pescados.
Pero no había ni un pescado. No encontraron un solo pescado.
Todos se habían ido, asustados por el ruido del vapor. No había más pescados.
—¿No les decía yo? —dijo entonces el viejo yacaré—. Ya no tenemos nada que comer. Todos los pescados se han ido. Esperemos hasta mañana. Puede ser que el vapor no vuelva más, y
los pescados volverán cuando no tengan más miedo.
Pero al día siguiente sintieron de nuevo el ruido en el agua, y
vieron pasar de nuevo al vapor, haciendo mucho ruido y largando tanto humo que oscurecía el cielo.
—Bueno —dijeron entonces los yacarés—; el buque pasó ayer,
pasó hoy, y pasará mañana. Ya no habrá más pescados ni bichos que vengan a tomar agua, y nos moriremos de hambre.
Hagamos entonces un dique.
—¡Sí, un dique! ¡Un dique! —gritaron todos, nadando a toda
fuerza hacia la orilla. —¡Hagamos un dique!
En seguida se pusieron a hacer el dique. Fueron todos al bosque y echaron abajo más de diez mil árboles, sobre todo lapachos y quebrachos, porque tienen la madera muy dura... Los
cortaron con la especie de serrucho que los yacarés tienen encima de la cola; los empujaron hasta el agua, y los clavaron a
todo lo ancho del río, a un metro uno del otro. Ningún buque
podía pasar por allí, ni grande ni chico. Estaban seguros de
que nadie vendría a espantar los pescados. Y como estaban
muy cansados, se acostaron a dormir en la playa.
Al otro día dormían todavía cuando oyeron el chas-chas-chas
del vapor. Todos oyeron, pero ninguno se levantó ni abrió los
ojos siquiera. ¿Qué les importaba el buque? Podía hacer todo
el ruido que quisiera, por allí no iba a pasar.
En efecto, el vapor estaba muy lejos todavía cuando se detuvo.
Los hombres que iban adentro miraron con anteojos
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aquella
cosa atravesada en el río y mandaron un bote a ver qué era
aquello que les impedía pasar. Entonces los yacarés se levantaron y fueron al dique, y miraron por entre los palos, riéndose del chasco que se había llevado el vapor.
El bote se acercó, vio el formidable dique que habían levantado los yacarés y se volvió al vapor. Pero después volvió otra
vez al dique, y los hombres del bote gritaron:
—¡Eh, yacarés!
—¡Qué hay! —respondieron los yacarés, sacando la cabeza por
entre los troncos del dique.
—¡Nos está estorbando eso! —continuaron los hombres.
—¡Ya lo sabemos!
—¡No podemos pasar!
—¡Es lo que queremos!
—¡Saquen el dique!
—¡No lo sacamos!
Los hombres del bote hablaron un rato en voz baja entre ellos
y gritaron después:
—¡Yacarés!
—¿Qué hay? —contestaron ellos.
—¿No lo sacan?
—¡No!
—¡Hasta mañana, entonces!
—¡Hasta cuando quieran!
Y el bote volvió al vapor, mientras los yacarés, locos de contentos, daban tremendos colazos en el agua. Ningún vapor iba
a pasar por allí y siempre, siempre, habría pescados.
Pero al día siguiente volvió el vapor, y cuando los yacarés miraron el buque, quedaron mudos de asombro: ya no era el mismo buque. Era otro, un buque de color ratón, mucho más grande
que el otro. ¿Qué nuevo vapor era ése? ¿Ese también quería pasar? No iba a pasar, no. ¡Ni ése, ni otro, ni ningún otro!
—¡No, no va a pasar! —gritaron los yacarés, lanzándose al di
-
que, cada cual a su puesto entre los troncos.
El nuevo buque, como el otro, se detuvo lejos, y también como
el otro bajó un bote que se acercó al dique.
Dentro venían un oficial y ocho marineros. El oficial gritó:
—¡Eh, yacarés!
—¡Qué hay! —respondieron éstos.
—¿No sacan el dique?
—No.
—¿No?
—¡No!
—Está bien —dijo el oficial—. Entonces lo vamos a echar a pi
-
que a cañonazos.
—¡Echen! —contestaron los yacarés.
Y el bote regresó al buque.
Ahora bien, ese buque de color ratón era un buque de guerra,
un acorazado, con terribles cañones. El viejo yacaré sabio, que
había ido una vez hasta el mar, se acordó de repente y apenas
tuvo tiempo de gritar a los otros yacarés:
—¡Escóndanse bajo el agua! ¡Ligero! ¡Es un buque de guerra!
¡Cuidado! ¡Escóndanse!
Los yacarés desaparecieron en un instante bajo el agua y nadaron hacia la orilla, donde quedaron hundidos, con la nariz
y los ojos únicamente fuera del agua. En ese mismo momento,
del buque salió una gran nube blanca de humo, sonó un terrible estampido, y una enorme bala de cañón cayó en pleno
dique, justo en el medio. Dos o tres troncos volaron hechos
pedazos, y en seguida cayó otra bala, otra y otra más, y cada
una hacía saltar por el aire en astillas un pedazo de dique,
hasta que no quedó nada del dique. Ni un tronco, ni una astilla, ni una cáscara. Todo había sido deshecho a cañonazos por
el acorazado. Y los yacarés, hundidos en el agua, con los ojos
y la nariz solamente afuera, vieron pasar el buque de guerra,
silbando a toda fuerza.
Entonces los yacarés salieron del agua y dijeron:
—Hagamos otro dique mucho más grande que el otro.
Y en esa misma tarde y esa noche misma hicieron otro dique,
con troncos inmensos. Después se acostaron a dormir, cansadísimos, y estaban durmiendo todavía al día siguiente cuando
el buque de guerra llegó otra vez, y el bote se acercó al dique.
—¡Eh, yacarés! —gritó el oficial.
—¡Qué hay! —respondieron los yacarés.
—¡Saquen ese otro dique!
—¡No lo sacamos!
—¡Lo vamos a deshacer a cañonazos como al otro!
—¡Deshagan... si pueden!
—¡Y hablaban así con orgullo porque estaban seguros de que
su nuevo dique no podría ser deshecho ni por todos los cañones del mundo!
Pero un rato después el buque volvió a llenarse de humo, y
con un horrible estampido la bala reventó en el medio del
dique, porque esta vez habían tirado con granada. La
granada reventó contra los troncos, hizo saltar,
despedazó, redujo a astillas las enormes vigas. La segunda reventó al lado de la primera y otro pedazo de dique voló por el
aire. Y así fueron deshaciendo el dique.
Y no quedó nada del dique; nada, nada.
El buque de guerra pasó entonces delante de los yacarés, y los
hombres les hacían burlas tapándose la boca.
—Bueno —dijeron entonces los yacarés, saliendo del agua—.
Vamos a morir todos, porque el buque va a pasar siempre y los
pescados no volverán.
Y estaban tristes, porque los yacarés chiquitos se quejaban de
hambre.
El viejo yacaré dijo entonces:
—Todavía tenemos una esperanza de salvarnos. Vamos a ver
al Surubí. Yo hice el viaje con él cuando fui hasta el mar, y tiene un torpedo. El vio un combate entre dos buques de guerra,
y trajo hasta aquí un torpedo que no reventó. Vamos a pedírselo, y aunque está muy enojado con nosotros los yacarés,
tiene buen corazón y no querrá que muramos todos.
El hecho es que antes, muchos años antes, los yacarés se habían comido a un sobrinito del Surubí, y éste no había querido
tener más relaciones con los yacarés. Pero a pesar de todo fue
-
ron corriendo a ver al Surubí, que vivía en una gruta grandísi
-
ma en la orilla del río Paraná, y que dormía siempre al lado de
su torpedo. Hay surubíes que tienen hasta dos metros de largo
y el dueño del torpedo era uno de estos.
—¡Eh, Surubí! —gritaron todos los yacarés desde la entrada de
la gruta, sin atreverse a entrar por aquel asunto del sobrinito.
—¿Quién me llama? —contestó el Surubí.
—¡Somos nosotros, los yacarés!
—¡No tengo ni quiero tener relación con ustedes —respondió
el Surubí, de mal humor.
Entonces el viejo yacaré se adelantó un poco en la gruta y dijo:
—¡Soy yo, Surubí! ¡Soy tu amigo el yacaré que hizo contigo el
viaje hasta el mar!
Al oír esa voz conocida, el Surubí salió de la gruta.
—¡Ah, no te había conocido! —le dijo cariñosamente a su viejo
amigo—. ¿Qué quieres?
—Venimos a pedirte el torpedo. Hay un buque de guerra que
pasa por nuestro río y espanta a los pescados. Es un buque de
guerra, un acorazado. Hicimos un dique, y lo echó a pique. Hicimos otro y lo echó también a pique. Los pescados se han ido,
y nos moriremos de hambre. Danos el torpedo, y lo echaremos
a pique a él.
El Surubí, al oír esto, pensó un largo rato, y después dijo:
—Está bien; les prestaré el torpedo, aunque me acuerdo siempre de lo que hicieron con el hijo de mi hermano. ¿Quién sabe
hacer reventar el torpedo?
Ninguno sabía, y todos callaron.
—Está bien —dijo el Surubí, con orgullo—, yo lo haré reventar.
Yo sé hacer eso.
Organizaron entonces el viaje. Los yacarés se ataron todos unos con otros; de la cola de uno al cuello del otro;
de la cola de éste al cuello de aquel, formando así una
larga cadena de yacarés que tenía más de una cuadra. El
inmenso Surubí empujó al torpedo hacia la corriente y
se colocó bajo él, sosteniéndolo sobre el lomo para que
flotara. Y como las lianas con que estaban atados los yacarés, uno detrás de otro, se habían concluido, el Surubí
se prendió con los dientes de la cola del último yacaré, y
así emprendieron la marcha. El Surubí sostenía el torpedo, y los yacarés tiraban corriendo por la costa. Subían,
bajaban, saltaban por sobre las piedras, corriendo siempre y arrastrando al torpedo, que levantaba olas como un
buque por la velocidad de la corrida. Pero a la mañana
siguiente, bien temprano, llegaban al lugar donde habían
construido su último dique, y comenzaron en seguida
otro, pero mucho más fuerte que los anteriores, porque
por consejo del Surubí colocaron los troncos bien juntos,
uno al lado del otro. Era un dique realmente formidable.
Hacía apenas una hora que acababan de colocar el último tronco del dique, cuando el buque de guerra apareció
otra vez, y el bote con el oficial y ocho marineros se acercó de nuevo al dique. Los yacarés se treparon entonces
por los troncos y asomaron la cabeza del otro lado.
—¡Eh, yacarés! —gritó el oficial.
—¡Qué hay! —respondieron los yacarés. —¿Otra vez el dique? —¡Sí, otra vez! —¡Saquen ese dique! —¡Nunca! —¿No lo sacan? —¡No! —¡Bueno; entonces, oigan —dijo el oficial—: ¡Vamos a deshacer este dique, y para que no quieran hacer otro los vamos a deshacer después a ustedes, a cañonazos! No va a quedar ni uno solo vivo —ni grandes, ni chicos, ni gordos, ni flacos ni jóvenes, ni viejos, como ese viejísimo yacaré que veo allí, y que no tiene sino dos dientes en los costados de la boca. El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y se burlaba, le dijo: —Es cierto que no me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero usted sabe qué van a comer mañana estos dientes? —añadió, abriendo su inmensa boca. —¿Qué van a comer, a ver? —respondieron los marineros. —A ese oficialito —dijo el yacaré y se bajó rápidamente de su tronco.
—¡Qué hay! —respondieron los yacarés.
—¿Otra vez el dique?
—¡Sí, otra vez!
—¡Saquen ese dique!
—¡Nunca!
—¿No lo sacan?
—¡No!
—¡Bueno; entonces, oigan —dijo el oficial—: ¡Vamos a
deshacer este dique, y para que no quieran hacer otro
los vamos a deshacer después a ustedes, a cañonazos! No
va a quedar ni uno solo vivo —ni grandes, ni chicos, ni
gordos, ni flacos ni jóvenes, ni viejos, como ese viejísimo
yacaré que veo allí, y que no tiene sino dos dientes en los
costados de la boca.
El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él
y se burlaba, le dijo:
—Es cierto que no me quedan sino pocos dientes, y algunos rotos. ¿Pero usted sabe qué van a comer mañana
estos dientes? —añadió, abriendo su inmensa boca.
—¿Qué van a comer, a ver? —respondieron los marineros.
—A ese oficialito —dijo el yacaré y se bajó rápidamente
de su tronco.
Entretanto, el Surubí había colocado su torpedo bien en me
-
dio del dique, ordenando a cuatro yacarés que lo agarraran
con cuidado y lo hundieran en el agua hasta que él les avisara.
Así lo hicieron. En seguida, los demás yacarés se hundieron a
su vez cerca de la orilla, dejando únicamente la nariz y los ojos
fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.
De repente el buque de guerra se llenó de humo y lanzó el primer
cañonazo contra el dique. La granada reventó justo en el centro
del dique, e hizo volar en mil pedazos diez o doce troncos.
Pero el Surubí estaba alerta y apenas quedó abierto el agujero
en el dique, gritó a los yacarés que estaban bajo el agua sujetando el torpedo:
—¡Suelten el torpedo, ligero, suelten!
Los yacarés soltaron, y el torpedo vino a flor de agua. En me
-
nos del tiempo que se necesita para contarlo, el Surubí colocó
el torpedo bien en el centro del boquete abierto, apuntando
con un solo ojo, y poniendo en movimiento el mecanismo del
torpedo, lo lanzó contra el buque.
¡Ya era tiempo! En ese instante el acorazado lanzaba su segundo cañonazo y la granada iba a reventar entre los palos,
haciendo saltar en astillas otro pedazo del dique.
Pero el torpedo llegaba ya al buque, y los hombres que estaban en él lo vieron; es decir, vieron el remolino que hace en el
agua un torpedo. Dieron todos un gran grito de miedo y quisieron mover el acorazado para que el torpedo no lo tocara.
Pero era tarde; el torpedo llegó, chocó con el inmenso buque
bien en el centro, y reventó.
No es posible darse cuenta del terrible ruido con que reventó
el torpedo. Reventó y partió el buque en quince mil pedazos;
lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de distancia, chimeneas,
máquinas, cañones, lanchas, todo.
Los yacarés dieron un grito de triunfo y corrieron como locos
al dique. Desde allí vieron pasar por el agujero abierto por la
granada a los hombres muertos, heridos y algunos vivos que
la corriente del río arrastraba.
Se treparon amontonados en los dos troncos que quedaban a
ambos lados del boquete y cuando los hombres pasaban por
allí, se burlaban tapándose la boca con las patas.
No quisieron comer a ningún hombre, aunque bien lo mere
-
cían. Sólo cuando pasó uno que tenía galones de oro en el traje
y que estaba vivo, el viejo yacaré se lanzó de un salto al agua,
y ¡tac! en dos golpes de boca se lo comió.
—¿Quién es ése? —preguntó un yacarecito ignorante.
—Es el oficial —le respondió el Surubí—. Mi viejo amigo le había prometido que lo iba a comer, y se lo ha comido.
Los yacarés sacaron el resto del dique, que para nada servía
ya, puesto que ningún buque volvería a pasar por allí. El Surubí, que se había enamorado del cinturón y los cordones del
oficial, pidió que se los regalaran, y tuvo que sacárselos de entre los dientes al viejo yacaré, pues habían quedado enredados allí. El Surubí se puso el cinturón, abrochándolo por bajo las
aletas, y del extremo de sus grandes bigotes prendió los cordones de la espada. Como la piel del Surubí es muy bonita, y
las manchas oscuras que tiene se parecen a las de una víbora,
el Surubí nadó una hora pasando y repasando ante los yacarés, que lo admiraban con la boca abierta.
Los yacarés lo acompañaron luego hasta su gruta, y le dieron
las gracias infinidad de veces. Volvieron después a su paraje.
Los pescados volvieron también, los yacarés vivieron y viven
todavía muy felices, porque se han acostumbrado al fin a ver
pasar vapores y buques que llevan naranjas.
Pero no quieren saber nada de buques de guerra.